La ruta de la seda digital


Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La máquina tecnológicamente más eficiente que el hombre ha inventado es el libro (Northarop Frye)

Desde hace un tiempo se destaca dentro de la batalla Estados Unidos – China sólo una parte de la disputa, la que tiene que ver con el predominio comercial. En general, ésta se subraya como eje principal la Nueva Ruta de la Seda; sin embargo el proyecto del El Cinturón y La Ruta se divide en dos componentes: el componente terrestre denominado El Cinturón Económico De La Ruta de la Seda – que unirá a China con Asia Central, Rusia, Europa, el Mediterráneo, el Golfo Pérsico, el sud de Asia y el Océano Índico; y el componente marítimo – denominado La Ruta De La Seda Marítima del Siglo XXI – que atraviesa el Sudeste Asiático para unir China con África y Europa. 

Sin embargo, hay un tercer componente de la iniciativa, tan central como los anteriores, pero intensamente borroso: “La Nueva Ruta de la Seda Digital”. Por un lado, infraestructura, torres de telecomunicaciones, ferrocarriles, rutas, puertos, embalses y plantas de energía; es decir, inversión en infraestructura como iniciativa geoestratégica. Por otro, no simplemente una iniciativa, sino una mentalidad: la conectividad global y el ecosistema digital conceptos mucho más amplios que sólo la construcción de infraestructuras tradicionales.

La idea de incorporar todas las áreas tanto de sectores digitales como de las telecomunicaciones, el Internet de las cosas o el comercio electrónico, no es una novedad. Lo original aquí es que, en un extremo del mundo tenemos la disputa de las compañías tecnológicas nativas con el Estado americano; y por otro, el mandamiento del partido Comunista Chino a sus empresas tecnológicas privadas con el lineamiento estratégico de un desarrollo mucho más extenso. Tan amplio que, por cierto, tiene más relación con la producción y productividad nacional que distracciones o redes sociales.

Los líderes del Poder Judicial de la Cámara de Representantes presentaron cinco proyectos de leyes bipartidistas destinados a controlar o incluso dividir algunas de las empresas de tecnología más grandes y ricas de los Estados Unidos. En su conjunto apuntan a los imperios tecnológicos más lucrativos del planeta, como la App Store de Apple, el mercado de Amazon, Google y sus productos Android y YouTube y hasta Facebook y sus subsidiarias Whatsapp e Instragram.

Los resultados podrían traer grandes cambios a los productos más conocidos de la industria. Los proyectos mencionados tienen como objetivo eliminar la “autopreferencia” en la que participan los gigantes tecnológicos – en otras palabras, la desmedida promoción de sus productos relacionados y la reducción de capacidad de sus rivales -. Un claro ejemplo es Facebook, quien facilita publicaciones cruzadas entre su sitio madre e Instragram y que también ha trabajado para integrar sus servicios de mensajería en todas sus apps – Instagram, Facebook Messenger y WhatsApp-.

Hasta aquí todo parecería normal, no hay nada que reparar sobre la regulación de las redes sociales o la eliminación de la cuenta en forma discrecional en las mismas redes, hasta la del presidente de Estados Unidos. La discusión se sigue limitando a los beneficios y la forma de obtenerlo. Ya sea como monopolio o inhibiendo el desarrollo de los competidores, sacándolos de juego y/o adquiriendo sus empresas.

Marc Lassus, fundador de Gemplus (el fabricante y líder mundial de tarjetas inteligentes incluidas las tarjetas SIM), muestra en su libro (La Puce et le Morpion) como EEUU a través de la CIA tomó control su compañía y lo expulsó para lograr una mayor capacidad de espionaje mundial a través de las SIM. El mismo relato que utilizó Barack Obama, a finales de 2011, desatando una batalla contra “el ciber espionaje chino” abriendo una investigación en el Congreso y concluyendo que, tanto Huawei como ZTE, suponían “una amenaza para la seguridad nacional” y por esta razón, no podían suministrar redes a las operadoras del país como AT&T o Verizon.

La metodología, disposición y objetivos de las empresas desde el punto de vista estratégico no varían demasiado en ambos lados del pacifico. Primero llegan “inversionistas amistosos”, como en el caso de Gemplus, que le inyectaron fondos a través de una empresa Texas Pacific Group (TPG).  Por otra parte la familia alemana Quandt, la mayor accionista de la compañía francesa de tarjetas, le adiciona acciones de General Electric. Los tres inversionistas pasan a dominar a la compañía con una salvedad: la CIA controla desde la Segunda Guerra Mundial a la compañía alemana Quandt.

China por su parte ha invertido miles de millones de dólares en el desarrollo de sus capacidades digitales de diversas formas: desde el fomento de talentos locales como Alibaba y Tencent, hasta la profundización de su alcance digital en otros continentes con la esperanza de proyectar su poder global. Allí la prosperidad común es un requisito esencial del socialismo y una característica clave de la modernización al estilo chino: debe hacerse desde y para los objetivos chinos, no desde afuera.

El impulso global de China hacia la economía digital global ha sido en gran medida por sus campeones tecnológicos nacionales Huawei, ZTE, Alibaba y Tencent; ellos ofrecen productos de alta calidad a bajo costo, en parte debido al apoyo del gobierno chino. Ahora se les suma también el desafío necesario de generar una tecnología nacional que vaya en concordancia con el desarrollo del país, no solo ligados a las ganancias que pueden obtener.

El concepto de “Ruta de la Seda Digital” surge para apoyar planes de innovación en materia de comercio electrónico, economía digital, ciudades inteligentes con parques científicos y tecnológicos, o el desarrollo bélico. Una ruta basada en el ciberespacio, implica al menos una disputa por la red satelital, cables de fibra óptica que conecten al mundo y chips para que funcionen.

Hay dos formas de conectar al mundo. La red satelital es un vehículo que implica la cooperación con otros países del mundo; en el caso de China alentar la adopción de su red de satélites Beidou, competidor del GPS, asociada a grandes costos de desarrollo y puesta en funcionamiento. Por otro lado, tenemos la fibra óptica por tierra o mar que conectan al mundo en un 95%, con un costo diez veces menor. Los cables por tierra van en conjunto con los ferrocarriles en la ruta de la seda, pero en verdad los importantes, los de mayor tráfico y disputa están en la fibra óptica submarina.

China’s Zhongxing Telecommunication Equipment Corporation (ZTE) y Huawei Technologies Co. son los impulsores de las redes submarinas y, conjuntamente con los gigantes del comercio electrónico para las ventas, deben generar un paquete de infraestructura y comunicación que brinde servicios y transfiera los bienes chinos. Esta idea de desarrollo, plataforma, producción, y venta debe siempre estar alineada con las ideas de crecimiento gubernamental no de las empresas privadas. La idea es que la tecnología, no sólo obtengan ganancias en el sector del ocio con juegos o plataformas sociales, sino que se centre en lo productivo.

Los cinco principales proveedores de teléfonos inteligentes del mundo fueron: Samsung (19%), Xiaomi (17%) Apple (14%), Oppo (10%) y Vivo (10%). Las tres empresas chinas tienen una cuota de mercado del 37% y por primera vez Xiaomi supero a Apple. El problema está que tanto Xiaomi, Oppo como Vivo usan procesadores Qualcomm, que están diseñados y fabricados por TSMC en Taiwán o Samsung en Corea del Sur.

Aquí comienza el problema para las dos potencias en cuanto a chips. Si los teléfonos inteligentes chinos son una amenaza para la seguridad nacional americana debería tenerse en cuenta que, de los 200 principales proveedores de Apple, 51 están en China, 48 en Taiwán, 34 en Japón, 32 en Estados Unidos y 22 en Vietnam de los cuales 7, también son chinos. Estados Unidos no produce más semiconductores, y las grandes empresas venden más del 35% a China. De hecho, Intel se encuentra dos generaciones atrasada en materia de miniaturización con respecto a TSMC. Estados Unidos está en problemas y China tiene que comenzar a realizar sus propios semiconductores, con su lógica.

Hay una variedad de reacciones americanas a la ofensiva china. En principio el Congreso americano lanzó la Ley de Innovación y la ley de Facilitar la Construcción de Semiconductores así como también algunas facilidades a TSMC para que fabrique semiconductores para uso militar en Estados Unidos.

Para poder contrarrestar los magros financiamientos americanos en fibra óptica submarina. a sus socios, se creó una nueva entidad llamada Corporación Financiera Internacional para el Desarrollo (DFC) de EE. UU. como un camino alternativo a China en la Nueva Ruta de la Seda. Ya en este gobierno, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, recomendó un proyecto de ley que nombra a China como el mayor rival estratégico de Estados Unidos: sancionada con apoyo bipartidista casi unánime, por 21 votos a 1, es la Ley de Competencia Estratégica de 2021 que dispara una artillería verbal y punitiva como una especie de declaración de guerra fría.

Aunque algunos nombres le resulten familiares -Zuckerberg, Bezos, Gates, Page, Brin, etc.- como accionistas mayoritarios de cada uno de los emporios digitales, estas empresas cuentan con importantes fondos como inversores mayoritarios. A modo de ejemplo, más del 80% de las acciones de Facebook, están en manos de Vanguard Group, BlackRock y FMR entre otros. En el caso de Alphabet (Google), el porcentaje de participación de los mismos fondos es del 67%, caso similar al paquete de Amazon (alrededor del 60%).

De un lado las empresas de Silicon Valley​​ con financiamiento de los grandes fondos de inversión, desde BigTech hasta sus proveedores. Del otro, un agresivo emergente económico que pretende dominar el mundo y el ciberespacio. Veremos cómo termina y si los distingue alguna diferencia.

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